martes, 8 de marzo de 2011

La evaluación de centros educativos

Ya con anterioridad nos habíamos referido a las dificultades que implicaba la existencia de una débil  “cultura educativa”, dentro de los implicados en la educación, naturalmente vinculado a que mayoritariamente esta evaluación presenta un carácter punitivo, por lo cual no ha de extrañarnos que esto nos genera profundas complicaciones al intentar realizar una evaluación del centro educativo, impidiendo apreciar las ventajas que su realización provoca a la comunidad implicada de este proceso.  Esta tendencia negativa evidencia los temores a dejar al descubierto aquellas situaciones que necesitan ser mejoradas, e inclusive a veces no nos damos cuenta que existen ciertas prácticas que no están desarrolladas correctamente o que sencillamente pueden ser mejores.   Además debemos agregar las razones técnicas, las presiones, carencia de evaluadores cualificados y las evidentes dificultades que se generan para conseguir una participación adecuada y la necesaria colaboración de los agentes implicados en el proceso.   Es decir, podemos coincidir en que:
“Aunque la necesidad de la evaluación de los centros es proclamada tanto por los expertos en educación como por la Administración educativa, la realidad muestra que su concreción en la práctica es una actividad ocasional, asistemática y dispersa, cuando no inexistente, llamando la atención el hecho de que, hasta ahora, los centros docentes no hayan sido evaluados de una manera rigurosa; ni desde dentro, para comprobar el resultado de su actividad y mejorar la toma de decisiones; ni desde fuera para ver si cumplen el compromiso social y educativo que la sociedad les encomienda.” (Sánchez Pérez: 2007).
El evaluar un centro nos ofrece la oportunidad de fortalecer su funcionamiento, se transforma en un poderoso instrumento de cambio y mejora que nos permitirá, entre otras cosas:
·         Obtener información de su funcionamiento y de sus resultados
·         Conocer la evolución de cada uno de los aspectos que se evalúan.
·         Conocer la evolución del alumnado.
·         Conocer la evolución del trabajo y desempeño de los docentes.
Todo lo anteriormente descrito busca  transformarse no en un elemento de control ni de castigo, ni se busca tampoco someter a los alumnados a mediciones exhaustivas e interminables, sino que responde a un fin mucho más amplio, que implica colaborar en el diagnóstico del centro para realizar una cartografía de sus puntos fuertes y débiles y que mediante esta información, la comunidad del centro sea capaz de generar proyectos de mejora y cambio, lo cual, al involucrar a los diferentes agentes nos permite potenciar la conformación de un compromiso con el centro al comprender las amplias posibilidades que implica un trabajo evaluativo en equipo, coordinado y compartido, donde las distintas opiniones conformen una amplia gama de posibilidades de mejora.
Para realizar la evaluación del centro Santos Guerra (1996) establece tres posibilidades:
Un sendero descendente
Se incluye en esta categoría a aquellos estudios cuyo rigor es limitado, por lo tanto, resulta dudosa la utilidad de los esfuerzos evaluadores. Esto sucede cuando los instrumentos no son los suficientemente sensibles a la complejidad del objeto de evaluación. También puede suceder cuando no se ha abierto la evaluación a la participación de todos los estamentos involucrados (evaluaciones impuestas) y otras, cuando el resultado no se ha utilizado para realizar una mejora concreta.
Un sendero ascendente
Cuando un centro, por iniciativa propia, elige poner en marcha un proceso de autoevaluación institucional, permite que la reflexión informal adquiera un nivel interesante de sistematización, rigor y formalización. Sin embargo, no resulta útil una tarea auto reflexiva que se realiza por mandato externo. El carácter burocrático de estos instrumentos evaluadores no ofrece mayor utilidad.
Un sendero en espiral
En este caso, se trata de una combinación que involucra tanto a la iniciativa interna del centro como la mirada de evaluadores externos. El análisis externo evita el sesgo de quienes pertenecen a la comunidad que está siendo estudiada, pero no se sustituye a los actores en la etapa de valoración y análisis.

 Para finalizar podemos señalar que una evaluación permanente, conversada, consensuada es muy útil pero especialmente si todos los involucrados son incluidos de ella, solo un proceso con esas características nos permitirá llegar a formular un modelo de actuación adecuado al centro escolar, conseguir detectar las dificultades y definir los elementos positivos para su funcionamiento.

Referencias
Sánchez Pérez J “Evaluación de centros de calidad”, Revista de Avances en Supervisión Educativa, Nº 5, España. En http://adide.org/revista/index.php?option=com_content&task=view&id=174&Itemid=45
Santos Guerra Miguel A. (1996), Evaluación Educativa 2 Un enfoque práctico de la evaluación de alumnos, profesores, centros educativos, y materiales didácticos. Editorial Magisterio del Río del la Plata, Buenos Aires.

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